Las horas muertas

Siento las horas marchar
cuando me falta el aliento,
ser tu pelo libre al viento
es lo que me hace olvidar.

Las siento languidecer,
cubrir como rocío al huerto,
y aunque se empañe mi cuerpo,
no quiero desvanecer.

Que es mejor sentir que siento
que la vida empieza ahora,
pues la felicidad en mí mora
sin guiones quijotescos.

Por tan nobles mis temores
yo de nada me arrepiento,
que escribo en renglones rectos
mis obras que son amores.

Que es mejor creer que ver
si me engaña el pensamiento,
y gozar cada momento
pues no hay mañana ni ayer.

Dejo las horas morir
si me impregna el sufrimiento,
¡que es mejor vivir queriendo!,
¡que es mejor querer vivir!

“Per a tu, amic, que ara trobes pedres al camí”.

B.S.O. Las horas (Philip Glass):

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Del verbo Amar

Armand Amar es, sin duda, uno de mis compositores fetiche. Este músico francés, de origen marroquí, destaca por su capacidad de explorar los sonidos de la naturaleza y convertirlos en bellos paisajes sonoros, de escribir fielmente el pentagrama de cada civilización, de mostrar en cada acorde el lado humano de la especie humana. La danza y el cine han inspirado sus trabajos, destacando los encargos para las producciones con tintes étnicos del fotógrafo Yann Arthus-BertrandHuman, Planet Ocean, Home.

Descubrí su música por casualidad, bendita casualidad. Sonaba aquel enigmático Tchinares (del disco “Songs from a world apart“) cuando mi cuerpo se estremeció para siempre. De la mano del inconfundible duduk de Levon Minassian, ambos intérpretes firman una de la melodías más profundas, un regalo para mis oídos, un remanso de paz que me transporta a otra dimensión.

Deleite, serenidad, belleza, y toda la conjugación del verbo amar. Como su propio nombre.

Nacer, morir.

Alguien dijo que al nacer ya estamos muriendo. Ambas conjugaciones forman parte de la misma dimensión. Da vértigo asomarse a esta inquietante paradoja, acongoja. Y aún así me aventuro en el alumbramiento de este espacio, concebido sin tomar precauciones por el deseo de sintonizar en esta frecuencia todo aquello que me mueve, mis intereses personales y profesionales: desde el comportamiento humano, las artes visuales y el diseño, hasta la música sin fronteras (destacando los enigmáticos ambientes sonoros de Armand Amar, Jocelyn Pook, Ludovico Einaudi, Ólafur Arnalds, Dustin O’Halloran, Hans Zimmer, Zbigniew Preisner, entre otros muchos otros descubrimientos que os iré contando), pasando por mis intermitentes escapadas al gris, verde y marrón (unas veces explorando senderos, otras quemando asfalto), y demás vagas cuestiones que solo aspiran a reflejar la humilde experiencia sensorial de quien escribe.

Admito sin pudor que se me da mejor la pluma que la lengua, aunque ansío transitar ambas por igual. Pero es la palabra escrita la que impregna, eterna, lo vivido en cada momento. Entonces perdura y no yace. Solo así me enfrento al desafío de la muerte. Solo así soy capaz de mirarle a la cara.

Me llamo José Terrés. Nací un dieciocho de junio de mil novecientos setenta y dos, y no sé cuando moriré.